4 de octubre de 2022

Catalina II. La más grande de Rusia

El Imperio Ruso llegó a la cúspide bajo el reinado de una de las grandes mujeres de la historia. Ekaterina, o bueno, Catalina «La Grande».

Esta es la historia de Ekaterina, o si prefieres, Catalina II, la mas grande de Rusia.

Sofía Federica Augusta von Anhalt-Zebst a.k.a. Ekaterina Alekséievna Romanova

Catalina II de Rusia, la grande; una de las figuras más interesantes de la Historia de la humanidad. Catalina fue una mujer poderosa, culta, pragmática y libre. Esta es su historia.

De Sofía a Ekaterina

El 28 de junio de 1744, en la catedral de San Pedro y San Pablo, Sofía dejó atrás su identidad como miembro de la baja nobleza alemana para realizar su conversión desde la fe luterana hacia la Iglesia Ortodoxa Rusa. Esta conversión era una mas de las obligaciones que debía cumplir dentro del objetivo para el cual estaba ahi, casarse con el heredero al trono del Imperio Ruso.

Tras el rito, Sofía Federica Augusta von Anhalt-Zebst quedó en el pasado y comenzó una nueva historia como Ekaterina Alekséievna Romanova.

Isabel

Yelisaveta, o bueno, Isabel, hija del legendario Pedro el Grande, se convirtió en zarina tras un golpe de estado. Isabel fue una gran soberana, opacada por estar en medio de dos figuras monumentales, su padre y su sobrina/nuera.

Como solía pasar en las monarquías de esos tiempos, la falta de hijos hizo inestable la posición de Isabel, por lo que hizo llamar a su sobrino Pedro, el hijo de su adorada hermana Ana, para nombrarlo como su sucesor.

Pedro III

El zarevich que odiaba su patria

Pedro, criado en el reino de Prusia dentro de la cultura alemana que idolatraba, en lugar del príncipe apuesto y vigoroso digno nieto de Pedro “El Grande” que esperaba la zarina, era un tipo débil con comportamiento infantil que detestaba la cultura rusa.

El principe heredero estaba educado con la idea de que su patria ancestral era una tierra bárbara, oscura y atrasada, lo opuesto de su amada Alemania, no estaba interesado en vivir y gobernar Rusia.

El perfil ideal

Isabel debía encontrar esposa para su heredero y la elegida fue Sofía, de una familia noble sin dinero, como gustaba a los Romanov. Sangre azul sin el poder suficiente para causar problemas.

Sofía y su madre llegaron al palacio Golovín de Moscú y conocieron a Isabel. La zarina sintió rechazo casi inmediato por la madre, pero la simpatía entre la zarina y la joven fue inmediata. Sofía, nuestra futura Ekaterina, comprendió la oportunidad y puso empeño en prepararse para su futuro rol.

Pedro y Catalina. Un matrimonio infortunado

Rusa por convicción

Mientras Pedro, su prometido, detestaba todo lo que fuera ruso, Sofía tuvo una adaptación inmediata a la cultura y costumbres de su país adoptivo. Puso empeño en aprender el idioma, al punto que enfermó por pasar las noches estudiando la lengua rusa mientras deambulaba descalza sobre los helados pisos del palacio y adoptó sin reparos la religiosidad ortodoxa, consiguiendo el favor de la zarina Isabel.

En sus propias memorias, Catalina escribió que reconocía que no era la mujer mas bella pero le sobraba carisma.

La Leona y la Piltrafa

El 21 de agosto de 1745, Catalina, de 16 años, contrajo matrimonio con Pedro, de 17, en la fiesta mas lujosa que jamás vivió el Imperio Ruso. Ekaterina vistió un espectacular vestido de brocado de plata que hoy se exhibe en el museo del Kremlin de Moscú.

La boda fue digna de un cuento de hadas pero la noche nupcial sería patética. Según sus propias memorias, Ekaterina desplegó su encanto en el lecho, pero pasaron horas hasta que irrumpió Pedro totalmente ebrio.

Pedro apenas y se percató de la presencia de Ekaterina y lo que ella estaba dispuesta para cumplir con la consumación del matrimonio, Pedro estuvo dispuesto pero de desplegar un enorme ejército de soldaditos prusianos de plomo.

Por 8 años, las noches dentro de la habitación del zarévich y su esposa estuvieron llenas de maniobras militares de juguete y carentes de pasión. Ekaterina era una leona y Pedro una piltrafa.

Isabel II

Legitimidad

Pedro no sentía ningún interés por Catalina, su pasión era la pompa militar prusiana y embriagarse con su séquito de lacayos alemanes, situación que puso muy tensa a la zarina Isabel, desesperada por asegurar la sucesión con un heredero… bueno, aclaremos, un heredero de su gusto, por que a 700 kilómetros de San Petersburgo, en una mazmorra de la fortaleza de Shlisselburg, ya había un heredero legítimo: Iván VI, sobrino nieto de Pedro “El Grande”, que durante 400 días fue, desde su cuna, Zar de Todas las Rusias hasta que Isabel, cuyo orgullo y deseos de poder no podían tolerar que la corona estuviera en poder de un bebé lactante, organizó un golpe de estado.

Isabel no era sádica y no pudo ordenar la muerte de un bebé, aunque se encargo de borrar cualquier cosa que recordara al legítimo zar y lo mantuvo preso toda su vida.

Esto hizo que Isabel etuviera obsesionada con que Ekaterina se embarazara. Se anticipó a los rumores de impotencia de Pedro y como acto de empatía con Ekaterina, la reina puso en su camino a su primer amante, Sergéi Saltykov, un apuesto boyardo de una familia leal a los Romanov desde tiempos ancestrales. Pasarpm 9 años para que el matrimonio entre Pedro y Ekaterina fuera consumado.

Vestido de novia de Catalina II

La sucesión

Tras nueve años de un matrimonio horrible, nació Pablo, el cual era igual de poco agraciado y enclenque que Pedro, confirmando su paternidad (un milagro que se haya dado) a pesar de que Ekaterina en sus memorias juró que tenía el porte y gracia de Saltykov. El bebé apenas duro en brazos de su madre: La zarina Isabel se lo arrebató y mantuvo bajo su estricta tutela.

Isabel sentía simpatía por Catalina, pero al final, la razón de su presencia en la corte, la de perpetuar el linaje Romanov, se había cumplido, por lo cual, el riesgo de ser considerada prescindible era grande.

La zarina ya no le mostraría el interés de antes y a su patético esposo jamás le había importado, pero tampoco iba a resignarse a que todo su trabajo para dejar su cultura, lengua y religión nativa fuera tirado a la basura, por lo cual, Ekaterina tenía que prevalecer.

Ivan VI y Pedro III

La muerte de Isabel

Isabel ya tenía al heredero, pero no era el final de sus pendientes. La zarina, que ya tenía cierta edad y una salud que se deterioraba por su amor por la bebida, el tabaco y las abundantes comidas, tenía embarcado al Imperio Ruso en la Guerra de los Siete Años, primer conflicto global de la historia, enfrascándose con la belicosa Prusia.

Isabel temía que su sobrino, enamorado enfermizamente de la cultura alemana y odiador profesional de Rusia, tirara por el caño lo que tanto había costado construir a su padre, Pedro “El Grande”, por lo cual, pretendía que la corona pasase directamente a su nieto Pablo y Ekaterina, de la cual reconocía su potencial, fuese regente. En ese momento, su consejo la detuvo. No era el momento idóneo.

Al final, Isabel I, emperatriz de todas las Rusias, falleció el 5 de enero de 1762 a los 52 años de edad.

Pedro III

Isabel tenía toda la razón para desconfiar de Pedro, que sustentado en su enfermiza germanofilia, lo primero que hizo tras ser proclamado zar, fue detener la guerra con Prusia justo cuando la victoria rusa era inminente, con el ejercito imperial a las puertas de Berlín, firmando además una paz poco benéfica a Rusia y devolviendo a los prusianos todos los territorios conquistados durante la guerra, una maniobra tan desconcertante que los mismos prusianos no dieron crédito.

Pedro estaba dispuesto a despojar a Rusia de toda su identidad cultural y germanizar el país. Pretendía sustituir a la iglesia ortodoxa por la confesión luterana y obligó al clero ortodoxo a afeitarse la barba. En el presente lo vemos ridículo pero era una transgresión descomunal a las tradiciones ortodoxas, además, Pedro hablaba solo en alemán y detestaba el idioma ruso, del cual apenas conocía unas palabras y llenó la corte de alemanes.

Era lógico que en cuestión de meses, los bravísimos boyardos, la nobleza feudal rusa, se pusiera en su contra.

Pedro III y su tormentosa relación con el clero ortodoxo

La senda de Catalina

A pesar de que la nobleza rusa era muy conflictiva, un rasgo cultural ruso es el respeto por la figura legítima del gobernante, por lo cual, comenzaron a preparar el camino para que Ekaterina, la zarina consorte, y nadie mas, ocupara el trono.

Ekaterina había recorrido un camino inverso al de Pedro. Ella estaba fascinada con la cultura, las costumbres y la lengua rusa y durante sus años de matrimonio, había sabido construir lealtades y una reputación en la corte.

Era una mujer culta que devoraba conocimiento leyendo a los clásicos y a los pensadores de su tiempo, llegando a mantener correspondencia con gente como Voltaire y Diderot, volviéndose afín a una ideología que cobraba mucha fuerza, la ilustración.

Los primeros amantes

Aquí es donde solamente toma importancia el tema de Catalina y sus amantes. Esta mujer padeció un matrimonio terrible, pero para elegir amantes era muy precisa, ya que no solo eran hombres que la satisfacían íntimamente si no que aportaban a sus intereses.

El primero fue el ya mencionado Sergei Saltikov, el vigoroso boyardo. Después entregó su pasión al diplomático británico Charles Hanbury Williams y ya siendo zarina, fue Estanislao Poniatowski, un noble polaco que fue uno de sus grandes apoyos y que a cambio le regaló el trono de Polonia donde reinó como Estanislao II. Si, Elena Poniatowska desciende de esa familia, específicamente de Andreas, el hermano de Estanislao.

Ekaterina recompensaría muy bien a los hombres que la satisfacían como mujer y que la servían bien como zarina.

Grigori Orlov

Los Orlov

Su siguiente amante fue el general Grigori Orlov, miembro de una de las dinastías militares mas prestigiosas de Rusia. Orlov y sus cuatro hermanos, también militares, eran muy respetados en la cúpula militar y consiguieron la lealtad de las fuerzas armadas para Ekaterina.

Los Orlov conocían el descontento militar contra Pedro tras el papelón hecho con la paz con Prusia y la germanización del ejército y orquestaron un golpe. Pedro estaba en lo suyo, embriagándose con su amante, Isabel Votontzova (si, hasta él tenía una amante). Catalina sabia todo esto gracias a que una de sus confidentes era la misma hermana de la amante de su marido. En fin, cosas palaciegas.

Potiomkin dando su espada a Catalina durante su discurso previo al golpe.

El golpe

Según las memorias de Catalina: Fiodor Orlov avisó a la zarina que Grigori estaba al mando de un regimiento dispuesto a deponer a Pedro y que era el momento de efectuar el golpe. Catalina rechazó un vestido que le ofrecieron y optó por vestirse con la casaca verde del legendario Regimiento Preobrazhenski, uno de los dos que componian la Guardia Imperial, la unidad de élite mas importante del ejército ruso. Sabía que ese símbolo era el contrapeso ideal contra el ataque a los símbolos rusos que perpetraba Pedro.

Ekaterina, que a esas alturas hablaba ruso casi como nativa y a lomos de su caballo ante 12.000 soldados emitió un discurso donde enalteció a la patria y la cultura rusa con lo cual hizo vibrar al regimiento.

En este emotivo momento, había un pequeño detalle. La espada de Catalina no llevaba la correa de agarre, creando así la posibilidad de que en pleno discurso esta se cayera rompiendo toda la emotividad, pero un joven oficial de caballería, percatado del detalle, de inmediato le dio la suya. El oficial se llamaba Grigori Potiomkin.

La reina apreció el detalle y Grigori Orlov, el amante celoso por la galantería de otro de menor rango y por que su posición de favorito era fundamental para sus intereses, no le causo nada de gracia, así que durante una partida de billar, el y sus hermanos le dieron una golpiza tan brutal a Potemkin que lo dejaron tuerto. Potemkin seria enviado al otro extremo del imperio, donde se forjó y gano un gran prestigio y volvería con el tiempo para ser muy importante en esta trama.

Oficialmente, la causa de muerte de Pedro III fue: «Ataque de Hemorroides»

El «accidente» de Pedro

Pedro no tomó mal su derrocamiento. En realidad, eso de gobernar una nación que odiaba no le parecía interesante y mucho menos gastar energías en defender su corona, por lo cual, sólo pidió que le dejasen partir a su amada Alemania con su amante, su violín, su perro faldero y su sirviente y que se le fuera suministrado vino de Borgoña y tabaco fino.

Quizás era sincero pero Catalina no se iba a fiar, por lo cual, lo confinó en el palacio de Ropsha. En ese momento había dos zares legítimos de Rusia encarcelados, Pedro, e Ivan.

Tres días después, su amante, el general Grigori Orlov le escribió a Catalina para avisar de la “desafortunada” muerte de su marido.

Orlov lo catalogó como un accidente aunque el análisis forense, que en la Rusia del siglo XVIII ya existía, dictaminó que el cuerpo de Pedro estaba molido a golpes y con señas de estrangulamiento, aunque en el documento oficial, la causa dictaminada fue… bueno, un ataque de hemorroides.

La responsabilidad de Catalina

Según los historiadores comunistas de la era soviética, el “pobrecito” Pedro fue una indefensa victima de la “despiadada y depravada zarina”…… pero bueno, así es la malteada mental típica de comunistas, capaces de enaltecer y victimizar, por ideología, a una piltrafa como Pedro y también surge una corriente de historiadores modernos que han querido absolver a Ekaterina del hecho.

Puede ser que los hermanos Orlov, exasperados por la llamativa petulancia y estupidez de Pedro le hayan propinado una golpiza y se les haya pasado la mano…. pero tampoco es descabellado que lo hicieron ejecutando una orden de Catalina, por que al final, si dejaba ir a Pedro, era cuestión de tiempo de que fuera coptado por los prusianos para derrocar a Ekaterina y al final tener a un zar totalmente afín a su causa y con el plus de ser legitimo.

Si Catalina hizo asesinar a Pedro, en gran parte fue para prevenir que este atentara contra ella. En fin, no olvidemos que así funcionaba el mundo del siglo XVIII y en general, previo a la segunda mitad del siglo XX.

Consolidación

Catalina, previniendo un descontento del pueblo ante un posible regicidio, ya que al final, como dijimos, los rusos suelen ser muy leales a su autócrata y según crónicas, los rumores se avivaron en el mismo funeral de Pedro, que tenía sospechosamente cubierto el cuello con una bufanda, creando el rumor que se estaban ocultando las marcas del estrangulamiento, visitó al pequeño zar cautivo por la difunta zarina Isabel y tras comprobar que era una pobre vida desdichada que estaba viviendo su vigésimo cuarto año de edad, cautivo desde bebé, pidió reforzar su seguridad.

Nadie podía saber de Ivan pero era imposible, ya que en la corte, había una facción contraria a Ekaterina que se levantó en una rebelión a favor del zar Ivan VI, preso desde bebé, organizando una incursión con los soldados de la fortaleza donde estaba recluido para liberarlo.

La rebelión fue aplastada por la Guardia Imperial, alineada a Catalina e Ivan terminó muerto. Ya no había pretendientes vivos al trono de Ekaterina, que había sido coronada en la Catedral de la Dormición de Moscú el 9 de julio 1762 con el nombre de Ekaterina, bueno…. Catalina II, pero su poder quedo consolidado con las muertes de Pedro e Iván.

Ekaterina tenia como objetivo seguir la senda de Pedro el Grande y su mentora Isabel. Modernizar y occidentalizar el mastodóntico y en muchos aspectos atrasado Imperio Ruso.

Emperatriz de Todas las Rusias

Ekaterina estaba sinceramente enamorada del folclore y la cultura rusa, pero también sabía que esta debía estilizarse y modernizarse abriéndose a las tendencias del mundo occidental. Ordenó crear un pabellón al Palacio de Invierno de San Petersburgo, su residencia, en el que almacenó obras de arte de Rubens, Rembrandt o Rafael y que hoy es uno de los museos más importantes del mundo, el Hermitage. También organizaba tertulias donde se olvidaban las jerarquías y se expresaban y discutían diversas ideas.

La emperatriz estaba fascinada con las ideas de la ilustración, por lo cual, fue una gran impulsora de la educación pública, la alfabetización y fundó la primera escuela para mujeres. Reformó los órganos legislativos, secularizó bienes de la iglesia ortodoxa pero aun así, no perdió el apoyo eclesiástico, además modernizó la administración e implantó el uso del papel moneda.

Siempre al pendiente de los descubrimientos científicos del momento, fue la primera en vacunarse contra la viruela en Rusia, para así demostrar a la población que no tenia nada que temer ante las vacunas.

Ilustración con medida

Tampoco nos confundamos, Ekaterina estaba fascinada con la Ilustración, pero en el enfoque de tener al conocimiento y la razón como pilares del desarrollo de su corte y de generar elites cultas y preparadas a quien delegar.

Ella jamás cuestionaría la figura autocrática de los zares y al parecer, tampoco al pueblo ruso le interesaba o le interesa mucho eso. Lo que si fue un eterno dolor de cabeza para la emperatriz y un enorme obstáculo para sus planes modernizadores fue la servidumbre. El sistema feudal medieval que aun prevalecía en la Rusia del siglo XVIII donde los campesinos estaban atados a la tierra.

Catalina no podía, por ahora, abolir la servidumbre por que eso le hubiera causado una revuelta política sin precedentes.

Los cambios de esa magnitud en general deben ser lo menos abruptos posibles y al final, fue su bisnieto, Alejandro II, que tras el desastre que representó para Rusia la derrota en la Guerra de Crimea, abolió la servidumbre. El Imperio Ruso con siervos mal armados y precariamente entrenados en el frente, sucumbió de forma catastrófica ante los ciudadanos libres, bien entrenados y armados con lo mas avanzado que componían los ejércitos de Francia y el Reino Unido, pero ese será tema de otras entregas.

Cosacos

La furia de los cosacos

Quienes, entendiblemente, no estaban para tener paciencia, eran los siervos rusos, el grueso de la población.

Los cosacos, guerreros originario del Cáucaso y de las estepas de Asia Central, protegían las fronteras del Imperio Ruso a cambio de algunos privilegios y autonomía. Padecieron levas muy duras con sus hombres y niños siendo reclutados y usados como carne de cañón de la gigante maquinaria bélica imperial que necesitaba con urgencia tropas para sostener sus esfuerzos militares. Los cosacos, a pesar de colaborar, sentían un enorme desprecio por el estado ruso.

Yemelián Pugachiov cosaco originario de la ribera del Don, harto de ser visto como carne de cañón, inició una revuelta la cual legitimó haciéndose pasar por el difunto Pedro III.

En esos tiempos, el 95% de la población rusa no conocía el aspecto de algún zar, mas que en las efigies de las monedas y no se cuestionaron que ese tosco guerrero de rústicos modos no podía ser, de ninguna manera, un Romanov.

La revuelta de Pugachiov

Pugachiov reunió una horda de cien mil cosacos furibundos y sedientos de sangre, que a diferencia de otras muchedumbres enardecidas, eran feroces soldados muy capacitados para la guerra.

Los cosacos rebeldes marcharon sobre Moscú y San Petersburgo arrasando todo a su paso por la ribera del Volga, masacrando y violando sin distinción a hombres, mujeres y niños, fueran ricos boyardos o pobres campesinos.

Es lo que siempre pasa con los estallidos sociales que degeneran en oleadas de caos y violencia de la más miserable que poco tienen que ver con un fin heroico. Por eso, debemos entender estas revueltas como parte del contexto de las épocas pasadas, pero debemos evitar romantizarlas. Pugachiov estuvo a punto de llegar al centro de Rusia, llegando a ocupar la importante ciudad de Kazán.

Ekaterina, en un principio subestimó la revuelta pero comprendió su error y rectificó a tiempo. La zarina encargó el trabajo de suprimir esa rebelión a aquel oficial que la había encantado con su detalle de amabilidad y que ya era un prestigioso general y gobernador de Ucrania: Grigori Potiomkin.

Potiomkin suprimió la rebelión y puso tal precio a la cabeza de Pugachiov, que fue entregado por sus hombres. Pugachiov fue trasladado a Moscú donde fue juzgado y ejecutado. Con este éxito, el general Potiomkin sería un pilar en el gobierno de Ekaterina.

Grigori Potiomkin

Ekaterina y Potiomkin

Los historiadores coinciden que Potiomkin fue de la vida de Catalina.

«¡Eres (Potiomkin) tan apuesto, tan listo, tan alegre y tan ingenioso! Cuando estoy contigo no doy ninguna importancia al mundo. Nunca he sido tan feliz”.

Una de las grandes regalos que hizo el General Potiomkin a su amada señora, fue entregarle en 1783, como consecuencia de la Primera Guerra Ruso-Turca, la península de Crimea.

Con esta conquista, se cumplió el sueño de Pedro el Grande, el de ver a Rusia con acceso al Mar Negro y por ende, al Mediterráneo, teniendo por fin un litoral con puertos que se mantienen activos todo el año, en una de las zonas mas estratégicas del mundo y sin padecer la odiosa congelación invernal de los puertos del Báltico.

La entrada triunfal de Ekaterina en Crimea junto a su aliado, el emperador José II de Habsburgo de lo que quedaba del Sacro Imperio Romano Germánico, provocó resquemor en Estambul y el sultán otomano, arengado por los embajadores británico y francés, reinició las hostilidades dando inicio a la Segunda Guerra Ruso Turca, que culminó con una nueva victoria rusa y con el imperio de Ekaterina ampliándose mas.

Rusia controlaba la costa norte del mar Negro, e inevitablemente, la llevo a someter a Polonia, una nación llana y con irresistibles campos fértiles, además de Lituania, en el Báltico. Polonia y Lituania, con sus coronas unificadas, conformaban en ese momento la nación mas grande de Europa. Con esta conquista, aumentó el territorio del imperio ruso hasta convertirlo en el más extenso de su época, aunque esto en realidad le llevaría mas problemas que soluciones.

Litografía representando a Catalina II junto a sus homólogos austriaco y prusiano repartiéndose Polonia.

Polonia y sus líos

Polonia funcionaba como un estado colchón, una barrera de tierra entre Rusia y las belicosas potencias centrales, Prusia y Austria. Al anexionar el territorio, se puso pared con pared con los agresivos vecinos.

Para evitar tensiones, Catalina, a nombre de Rusia, además de los soberanos de Prusia y Austria, eliminaron de facto la soberanía polaca y se repartieron su territorio hasta 3 veces, siendo Estanislao II Poniatowski, otrora amante de Ekaterina, el último rey de Polonia y obvio, sin consultarlo a los polacos. Las zonas de Polonia y Lituania que pasaron bajo soberanía rusa, comprenden la actual Bielorrusia y Livonia.

Polonia fue un dolor de cabeza tanto para rusos como para prusianos y austriacos. Los polacos eran un pueblo heredero de una potencia militar, con un idioma y cultura propios y mayoritariamente católico. Los polacos se rebelaron constantemente hasta bien entrado el siglo XIX y casi en las inmediaciones del XX, dando muchos problemas a Ekaterina y a sus sucesores.

Asquenazí

Al anexionar Polonia, surgió otro problema que resolver para la zarina, esta vez de índole social. Polonia era un estado cuya sociedad estaba compuesta por muchas nacionalidades y ya era de por si complicado “rusificar” el vasto territorio con el que contaban, presentando la mayor complejidad el tema de la enorme comunidad de judíos polacos.

Desde la fundación del Reino de Polonia en el siglo XI y hasta la unión polaco-lituana iniciada en 1569, Polonia, uno de los bastiones históricos del catolicismo de Europa Central, fue uno de los países más tolerantes de Europa con el judaísmo, convirtiéndose en el hogar de una de las comunidades judías más grandes y prósperas del mundo, los asquenazí.

Estas comunidades judías fueron perdiendo, poco a poco la tranquilidad y la tolerancia polaca fue mermando debido a su posición geográfica, en medio de la zona mas caliente de los conflictos generados por la Reforma Protestante y la Contrarreforma lanzada por la Iglesia Católica tras el Concilio de Trento en ese nefasto siglo XVII infectado hasta lo profundo por los conflictos religiosos. Con la final anexión al Imperio Ruso su derechos fueron simplemente retirados.

Catalina, ¿antisemita?

Catalina suprimió los derechos a los judíos dentro del imperio en 1742, pasando a ser tipificados como población extranjera. El 3 de enero de 1792, se emitió un decreto que obligó a los judíos a vivir confinados en el extremo más occidental del imperio, denominado “zona de asentamiento” y se les prohibió acercarse a los grandes núcleos urbanos del Imperio Ruso como Moscú, San Petersburgo, Kazán, la antigua Tsaritsyn, actual Volgogrado y Kiev. Algo nefasto para una comunidad de comerciantes y financieros.

¿Ekaterina era antisemita?, es probable que no tuviera ningún sentimiento en especial por los judíos, agregando que la misma zarina, tan influenciada por el pensamiento ilustrado, no vivía  una religiosidad devota, pero como sucedió con los Reyes Católicos en España, se enfrentó a un contexto donde la homogenización de las sociedades en materia social, lingüística y religiosa, era fundamental para convertirse, de acuerdo a la mentalidad de la época, en una nación «civilizada y gobernable». Catalina, como con el tema de la servidumbre, tuvo que adaptarse y someterse a las convenciones de su tiempo.

El problema, es que si bien la zarina no tenía ningún problema con la comunidad judía, el resto de la nobleza y la población si inició una etapa de antisemitismo, iniciado por el Estado y que degeneró en discriminación y violencia que alcanzo su punto mas crítico ya en el ocaso del Imperio, generándose, de nuevo, los repulsivos pogromos.

Cultura del siglo XVIII

Modernización

Un pilar del proyecto de gobierno de Catalina fue el incentivar la inmigración a las zonas con menos densidad de población del Imperio. No dejaba de ser alemana y tenía claro que los estados germánicos, Prusia y Austria, tenían un nivel de desarrollo y modernidad superior al de Rusia. Durante la década de 1760, el gobierno de Catalina invitó a oleadas de migrantes alemanes para establecerse en la zona del Volga.

Un siglo después, su nieto, el zar Alejandro I, replicaría la misma acción pero en la zona del Mar Negro, la nueva joya del Imperio Ruso.

José II, Archiduque de Austria y Sacro Emperador Romano, Catalina II, Zarina del Imperio Ruso y Federico II, Rey de Prusia

 

Prestigio

En Europa, Ekaterina II Romanova, Emperatriz de todas las Rusias, era una soberana respetada. Sus vecinos Austria y Prusia, evitaron la confrontación con la zarina que fue mediadora en la Guerra de Sucesión Bávara entre ambas potencias germánicas.

Catalina resistió el fallido intento de su primo, el rey Gustavo III de Suecia para recuperar los territorios bálticos. Los Otomanos no se atreven a confrontar los intereses rusos y en occidente, Francia y el Reino Unido vigilan con cautela a la nueva potencia. En ese contexto, los británicos lidian con la revuelta que independizó a sus trece colonias norteamericanas. En Francia, el estallido de la revolución es inminente. Catalina se mantuvo neutral en ambos conflictos, cuidando que el fuego revolucionario no se extendiera hasta sus dominios.

En el extremo asiático del imperio, Catalina mantuvo neutralidad con el Imperio Chino de la dinastía Qing. Los colonos cazadores de la península de Kamchatka y las islas Kuiriles y Aleutianas trataron de expandir la influencia rusa. Trataron de forma fallida iniciar relaciones comerciales con el aislado shogunato Tokugawa de Japón. Las relaciones entre Rusia y Japón serían tensas y culminarían en una guerra.

El imperio de Catalina cruzó el Estrecho de Bering y se estableció, en territorio americano, tomando soberanía de Alaska. Un siglo después, este territorio fue vendido a la nación fundada por los colonos británicos emancipados, los Estados Unidos de América.

 

Pablo I. Hijo y heredero de Catalina II

Vínculos tormentosos

A pesar de sus logros en el exterior, en casa, las cosas no pintaban fácil para la zarina, sobretodo con su familia. Mientras Europa la admiraba y la temía, su hijo y heredero, Pablo, la miraba con desprecio. Pablo acusaba a su madre de quitarle a su padre….. si, es obvio que todos necesitamos de nuestro padre, pero, ¡ay, Pablo, si tan solo hubieras sabido como era el tuyo!

Catalina, replicando las acciones de su mentora, la zarina Isabel, pretendió saltarse al heredero legítimo en favor de su nieto Alejandro.

Ekaterina no fue una madre muy dedicada y tenía muy poca afinidad con Pablo, que al parecer, era parecido a su padre. Era religioso al punto de la mojigatería, obsesionado con la pompa militar y de carácter agrio. Pablo suponía una profunda amenaza para los avances y la gloria conseguidos por Pedro “El Grande”, Isabel y Catalina.

Por otro lado, la zarina veía en su nieto, Alejandro, a una figura con el talento y gracia suficiente para convertirse en Emperador.

Caricatura británica satirizando a Catalina II, José II de Austria y Federico II de Prusia

Pueblos Potiomkin

Se dice que Catalina se casó en secreto con el General Potiomkin, aunque es poco probable. La pareja perdió su conexión sexual con el paso del tiempo, pero fueron muy cercanos hasta la muerte de este en 1791.

Segun los detractores, Potiomkin iba por el imperio montando una falsa villa portátil como acto propagandístico sobre los ovjetivos de repoblación de los territorios conquistados. No existen datos que confirmen tal hecho bajo el reinado de Catalina.

Soberana de su intimidad

La zarina disfrutó su sexualidad hasta el final de sus días, quizás mas que muchas mujeres modernas, pero nada distinto a sus homólogos masculinos. Hay que recalcar que las leyendas sobre su sexualidad no son mas que bulos –fake news– inventados por sus detractores.

Las memorias de Catalina

Lo mas agradable del personaje de Ekaterina II, es que ese tipo de chismes y leyenda negra no le causaban el mínimo daño. En sus memorias, escritas también en inglés y francés, tenemos un documento fabuloso que nos cuenta sus vivencias de su puño y letra.

La misma zarina nos habla de sus veintiún amantes y en algunos caso, no omite detalles picantes. De su puño y letra hay menciones sobre sus relaciones con Ivan Rimski Korsakov, abuelo del compositor o Platon Zubov, su último amante. Platón era un guapo veinteañero cuyo vigor fue disfrutado por la soberana de sesenta años.

Catalina fue una mujer y gobernante del siglo XVIII que maneja un ejercicio de transparencia que rara vez se ve, incluso en nuestros tiempos.

La Grande

El 5 de noviembre de 1796, Ekaterina se levantó, como siempre, a las seis de la mañana para iniciar su jornada de trabajo. Preparó el café y mientras se disponía para tomar un baño para después iniciar su jornada laboral, sufrió un derrame cerebral. La brillante mente de la emperatriz no volvió en si y tras 12 días de agonía, murió el 17 de noviembre de 1796. La sepultaron, con todos los honores, en la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo.

Pablo, su hijo, se convirtió en zar. Pablo estaba obsesionado con la pobre figura de su padre y estaba resentido por la falta de afecto materno. A pesar de la negación de Catalina, Pablo era muy parecido a él. Se vistió de uniforme prusiano, fue germanófilo a niveles absurdos y firmó una ley que impedía el acceso de las mujeres al trono de Rusia.

La huella imborrable

El reinado de Pablo I duró 5 años tras ser asesinado por conspiradores. Los conjurados dieron la corona a su hijo Alejandro. Todas sus leyes fueron derogadas.

Ni Pablo, los comunistas o los nazis que inventaron leyendas sobre sexo con caballos borraron la huella de esta soberana.

Ekaterina Alekseyvena Romanova, la mas grande Emperatriz de Todas las Rusias.

Trailer de Catherine the Great. Serie producida por HBO donde la actriz británica Helen Mirren interpreta a la zarina Catalina II.

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